53º Ascenso internacional a vela del Guadalquivir

Buenas ricoviajeros!

Hoy os traigo una nueva aventura de las que a mí me gustan, del mar, de barcos, de velas y de marineros!

Y es que este fin de semana he participado en la 53º edición del Ascenso a vela del Guadalquivir, una auténtica maravilla que me ha sorprendido por la naturaleza del propio río y los sitios por los que hemos pasado durante la subida, que, aunque sin viento, ha sido una experiencia que todo amante a la vela debería de realizar al menos una sola vez en la vida.

Me gustaría agradecer la invitación de mi amigo Salvi a su velero “Tritón”, un Bavaria 36 con todas las comodidades, y un gran patrón como Salvador (padre), unos fenómenos de la vela con los que se aprende minuto a minuto, y que gente como yo habituada más a los yates de motor que se estilan en el pijerío ibicenco agradecemos infinitamente, pues nunca se deja de aprender durante la travesía con estos dos fenómenos.

Se unieron esta vez mis amigos Eric y Antonio, este último sin experiencia en ningún tipo de barco, con lo cual ha sido un gran bautizo de mar para él.

La aventura comenzó en la mañana del sábado, madrugando muchísimo – con lo poco que me gusta madrugar L – , desde el puerto deportivo de Chipiona, donde embarcamos a las siete y media de la mañana. El día anterior había arribado el Tritón al mismo puerto desde Cádiz, con lo cual ellos ya habían pasado noche a bordo.

Hay que decir que entre todos llevamos comida de las que a mí me gusta llamar “de jerezanas maneras”, es decir, jamón ibérico de gama alta, de los que sudan, por parte de Antonio; lomo en caña, chorizo y salchichón ibérico por parte de un servidor,  y , queso del bueno por parte de Eric, a lo que sumamos lo que ya habían comprado mis amigos, y por supuesto las bebidas, cubateo, cerveceo y demás, una barbaridad de comida para pasar el finde.

A la tripulación se unía el que posiblemente ha sido el marinero más joven de la regata, Mario, el hijo de mi amigo Salvi, un chaval de cuatro añitos que se portó genial durante toda la travesía, que hizo nuestras delicias viéndole la carita que se le quedaba con mil cosas nuevas para él.

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A las ocho de la mañana zarpábamos rumbo Sanlúcar de Barrameda, con una veintena de veleros navegando, aprovechando para saludar a compañeros del gremio y a gente que no veía hace tiempo, como mi amigo Hernán.

El día amanecía cubierto, feo como decimos aquí, y se cumplía lo que ya veníamos viendo desde días anteriores, una previsión cero de viento, lo cual nos iba dejando entrever que las ocho horas de travesía no nos la iba a quitar nadie.

Cuando llegamos a Sanlúcar de Barrameda se nos unió la flota de vela ligera, tablas de windsurf, catamaranes, láser y patines a vela, y juntos comenzamos el ascenso a motor en el caso de los cruceros, y remolcados, en el caso de la vela ligera.

El comité de regatas fue informando en todo momento, y navegamos como una hora y media por el río, pues el viento no aparecía por ningún sitio, y no había forma de cumplir con los horarios previstos, porque había que estar en la esclusa de Coria del Río a las siete de la tarde, y era una condición para cumplir estrictamente, porque si no te tienes que volver o quedarte en la misma Coria o la Puebla del río.

Cuando se dio la salida a la regata sacamos todo el trapo, todas las velas, y comenzamos a maniobrar, ceñida tras ceñida aprovechando hasta el último centímetro de calado en las orillas para ganar terreno, tras una malísima salida que hicimos (no era nuestra intención llevarnos la boya a casa J ), y poco a poco fuimos subiendo el río.

El paisaje es espectacular, con todo el pinar del coto de Doñana a babor, y a estribor los arrozales, llegando a la parte de Lebrija y Trebujena, con  poblados que salían de la nada, pequeños pantalanes y embarcaciones típicas del río, los que pescan angulas y camarones, una maravilla que nunca había tenido la suerte de ver hasta ahora.

Antes de dar la salida ya nos habíamos metido el primer atracón de chacinas y cervezas, para inaugurar la travesía y coger fuerzas para lo que nos venía encima.

Tras navegar lo que el viento nos permitía montamos el spi, que fue muy bonito pero que apenas nos dio tiempo a usar, pues a las cinco y media de la tarde se nos avisó por parte de la organización que teníamos que encender motor, ya que la previsión de horarios no se cumplía y la llegada a la esclusa se antojaba imposible, así que se puso fin a la regata casi sin viento y toda la flota fue ascendiendo hasta llegar a Coria del río, pasando por la Puebla un poco antes.

He de comentaros que en mi vida había entrado en una esclusa ni había visto su funcionamiento. Tras esperar que un semáforo se pusiera en verde entramos todos a una especie de presa, donde se cierran las compuertas y el agua de dentro comienza a bajar para igualarse con el siguiente tramo de río arriba. Aprovechamos para hacer un descansito amarrados a los costados de la misma esclusa y tomarnos otra ronda de cervecitas congeladas de esas que teníamos en la nevera del velero. (Bueno reconozco que algunos gin tonics también malpensados J )

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Tras salir de la esclusa pusimos rumbo a la capital hispalense, pasando por debajo del puente del Centenario, otro de los momentos de la regata sin duda, hasta entrar a la ciudad y esperar a que abriesen un puente que da acceso al Real club náutico de Sevilla, donde nos asignaron el atraque.

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Llegamos reventados, a las nueve de la noche, casi nueve horas de travesía, el tiempo de atracar y meternos a las duchas, asistir a la entrega de trofeos y a los canapés.

Según me comentaban algunas tripulaciones más veteranas nada tiene que ver la entrega de trofeos actual con lo que se hacía años atrás, donde ponían cena de gala con tenedor y cuchillo. Ahora todo se limita a canapés congelados de los que nos comemos en casa, croquetitas, nugets de pollo, algún queso, chorizo…dioooos más chacinas después del atracón todo el día en el barcooo!!!!  Es verdad que para rematar la faena nos pusieron unos pinchitos pequeños y unas mini hamburguesitas.

Terminados los canapés no podíamos con nuestros cuerpos y rápidamente dejamos a un lado la idea de salir un poco de marcha por los alrededores, pues el domingo había que zarpar a las siete y media de la mañana, es decir, toque de campana a las siete para preparar el barco, y zarpar. El problema es que el puente que mencioné anteriormente solo abre a esa hora y si no pasas te quedas allí literalmente hasta el otro día, con lo cual es un coñazo.

Efectivamente, a las ocho de la mañana en punto el puente se abría, dejándonos libre el tramo de río y el amanecer sevillano para nosotros, navegando de vuelta hacia la esclusa, donde aprovechamos para desayunar, hacer cafelito y unas tostadas, y degustar el bizcocho casero que nos ofreció la tripulación del “Euroville”, uno de los veleros que participaron en la regata, y que la verdad, estaba increíblemente bueno.

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Una vez pasada la esclusa, con corriente a favor seguimos navegando rumbo a Sanlúcar de nuevo, y algunos miembros de la tripulación, Eric y Antonio, aprovecharon para dar unas cabezaditas reparadoras, que yo mismo imité más tarde.

Con el medio día llegaron las cervezas de nuevo, y el jamón y las chacinas!!! de nuevo!!!, platazo para recuperar fuerzas, acompañados de unos nachos con su salsa picante, y unos vinitos para acompañarlos.

 

Cuando pasamos la Puebla del río de vuelta, saltó algo de viento, así que aprovechamos para sacar velas y que ayudase un poco al motor.

Por supuesto la tarde transcurrió entre gin tonics y risas, hablando de la experiencia vivida y del buen rato que hemos pasado a pesar del poco viento y el cansancio acumulado. El paisaje del Coto de Doñana alrededor es una auténtica maravilla.

Arribamos a Chipiona a las cinco y media de la tarde, donde algunos desembarcamos, cómo no dejándome algo olvidado…el maldito móvil, que me negué a usar durante los dos días por el tema de desconectar de todo.

Así que de vuelta a casa a Jerez, ducha, y para Cádiz a recibir a mis amigos y recuperar mi móvil, y de paso, echarles una mano para ordenar todo, sacar la basura, fregar y todo esto que al final del día es muy pesado para cualquier tripulante que lleva todas esas horas de travesía.

El día finalizó como no podía ser de otra forma, entre cervezas y deseando vernos para la próxima aventura!!!

Saludos marineros!

 

Lo que más nos gustó:

  • La travesía en general, navegar cerca del Coto de Doñana, la naturaleza y el ambiente que se respira alrededor del río Guadalquivir.
  • El velerazo de mi amigo Salvi.
  • Las clases aceleradas de vela.

 

Lo que menos nos gustó:

  • La organización un poco descontrolada.
  • Los canapés del Club náutico de Sevilla no están a la altura de la institución.
  • El perderme la pesca de vuelta de Chipiona a Cádiz.

 

 

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